Trabajamos con portales de supermercados, catálogos digitales, combustibles reportados por estaciones, y aportes ciudadanos verificados mediante fotos de tickets. Cruzamos fuentes oficiales cuando existen, sin depender exclusivamente de ellas, para capturar latidos rápidos que suelen perderse en promedios mensuales y reportes tardíos.
Actualizamos varias veces por semana, limpiamos saltos por errores de carga y unificamos unidades para evitar comparaciones engañosas. Documentamos cada transformación, preservamos el histórico y publicamos metadatos abiertos, de modo que cualquiera pueda auditar, reproducir y mejorar el proceso con confianza y criterio.
Un martes cualquiera, la leche entera subió discretamente en dos cadenas, mientras una tercera mantuvo precio pero cambió el envase. Esa mínima diferencia pagó el pasaje de regreso. Aprender a detectar microcambios convirtió una tarde apurada en un pequeño triunfo doméstico.
El panadero anunció una promoción ruidosa, pero al mirar gramos y condiciones, el ahorro real dependía de comprar más de lo que necesitábamos. La comparación diaria reveló otra tienda con precio estable y porción justa. Volvimos sin desperdicios ni gasto extra encubierto.
Entre huevos y arroz aprendimos que la etiqueta por unidad confunde cuando el proveedor reduce tamaño. Usar un comparador sencillo, alimentado por actualizaciones constantes, nos mostró el costo por porción real y evitó el clásico engaño del paquete idéntico que rinde menos.
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